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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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Dice la fábula que, después de adorar al Niño en Belén, los Reyes Magos emprendieron el camino de regreso por sendas desconocidas. No querían volver igual que habían llegado. Algo en aquella mirada pequeña y luminosa les había cambiado para siempre.
La estrella ya no los guiaba con la misma intensidad. Ahora debían aprender a caminar sin ella.
Avanzaron durante días. En aldeas y caminos encontraron pobreza, cansancio, rostros marcados por la espera. Melchor, Gaspar y Baltasar comenzaron a comprender que el mundo al que regresaban no era tan distinto del establo de Belén.
Una tarde, cuando el sol caía y el polvo del camino parecía volverse oro apagado, vieron a un fraile anciano. Caminaba encorvado, con paso lento, pero su presencia llenaba el camino de una extraña paz. Llevaba una alforja gastada y un rosario colgado al costado. Se detenía una y otra vez.
Primero lo vieron inclinarse ante una mujer que lloraba. Luego, compartir un trozo de pan con un niño. Más adelante, sentarse junto a un hombre enfermo y permanecer allí en silencio, como si ese silencio fuera ya un regalo.
—Ese hombre no parece tener prisa —dijo Gaspar.
—Ni riquezas —añadió Baltasar.
—Y, sin embargo, nunca está vacío —susurró Melchor.
Se acercaron a él.
—Hermano —le dijeron—, ¿qué buscas en este camino?
El fraile levantó los ojos, claros y serenos, y respondió con una sonrisa sencilla:
—Busco a Jesús. Y siempre me lo encuentro antes de lo que esperaba.
Los Reyes se miraron entre sí. Aquella respuesta les resultaba familiar.
—Nosotros también lo buscamos —dijeron—. Lo encontramos en un Niño, envuelto en pobreza.
El fraile asintió.
—Entonces sabéis que no se queda en el pesebre. Sale al encuentro de quien tiene hambre, de quien está solo, de quien ha perdido la esperanza. Yo solo intento no pasar de largo.
Melchor observó la alforja.
—¿Y qué llevas para ofrecer?
—Muy poco —contestó el fraile—. A veces nada. Pero he aprendido que cuando uno se da del todo, siempre aparece algo para compartir.
Esa noche, alrededor de un fuego pobre, los Reyes comprendieron lo que no habían entendido ni siquiera ante el portal: que la adoración no termina nunca, que hay hombres que repiten cada día el gesto de los Magos sin saberlo, sin gloria, sin testigos.
Al amanecer, los Reyes se despidieron. Antes de partir, se arrodillaron en silencio. No ante el fraile, sino ante el misterio de Dios reflejado en su bondad cotidiana.
Desde entonces —concluye la fábula— cada vez que alguien recibe ayuda sin ruido, cada vez que una mano se tiende sin preguntar, cada vez que un pobre se siente mirado con dignidad, los Reyes saben que Fray Leopoldo ha vuelto a pasar.
Y sonríen, porque reconocen en él a quien, durante toda una vida, ejerció de Rey Mago… allí donde más se le necesitaba.
(L.L)
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