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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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La imagen del Crucifijo, que presidió la exposición a la veneración pública de los fieles de los restos mortales de Fray Leopoldo, la llevaba encima desde que nació.
En la vida de este venerado franciscano-capuchino, como en la vida de Francisco de Asís, la imagen del Crucificado lo llena todo. En Francisco, hasta el punto de convertirse en “otro Cristo” y, lo mismo en su fiel hijo Fray Leopoldo. La vida de nuestro santo limosnero fue una fiel copia del seráfico Padre Francisco, siguiendo sus huellas e imitando a Jesús Crucificado.
La cruz no desaparecía de su día a día; todos los días hacía el Ejercicio del Santo Vía Crucis, todas las noches oraba ante la imagen del Cristo del Perdón, que hoy se conserva en una vitrina a la entrada de la cripta. La cruz daba razón y sentido a su vida. A quien había que seguir e imitar era a Jesús Crucificado, como lo hizo el santo de Asís.
La cruz, la austeridad, la mortificación y la penitencia son parte esencial de la espiritualidad capuchina. Bien y pronto lo aprendió Fray Leopoldo, en cuya vida era proverbialmente admirable su modo de unirse a Cristo crucificado por las pequeñas penitencias diarias que hacía en la comida o en el trabajo, sin que nadie se percatase de ello.
El Crucificado, que presidió el acto final de su veneración pública, parece como quererlo coger con sus brazos para introducirlo definitivamente en el reino del Padre, donde escucharía el sublime mensaje evangélico: “Venid benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, enfermo y me visitasteis…”.
Alfonso Ramírez Peralbo
Vicepostulador
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