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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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La religiosidad popular es sencillamente la religiosidad del pueblo, de las gentes que viven y no pueden por menos que expresar públicamente, con sincera y sencilla espontaneidad, su fe cristiana, recibida de generación en generación, y que ha ido configurando la vida y las costumbres de todo un pueblo. Esto viene a decirnos que ha sido el pueblo llano el que, con su característico olfato religioso, haya consagrado unos determinados meses del año a una figura o a un acontecimiento cristiano determinado. Así, vemos como el mes de marzo está dedicado a la figura de san José; muchas familias cristianas aun hacen en casa cada día el piadoso ejercicio del mes de san José. El mes de junio ha revestido siempre la característica de estar consagrado al Corazón de Jesús. Octubre es el mes por excelencia dedicado al Santo Rosario y se reza el Rosario con un acento del todo particular en casa con la familia o en la parroquia. Pero es el mes de Mayo el que se lleva la palma, está dedicado por completo a ella. En este mes, la Iglesia dedica cada día a honrar a la Madre de Dios. Entre las devociones está el ofrecimiento de flores. Los fieles se reúnen en la Parroquia para rezar el Rosario, y después, se hace el ejercicio de las flores.
Muchos recordarán aquella canción pegadiza, ingenua y fácil, que decía: “Venid y vamos todos / con flores a porfía, / con flores a María, / que Madre nuestra es”. Es una canción que se pega, ingenua y fácil. Una canción para cantarla en compañía, una invitación a formar un corro ancho y apretado alrededor de la Virgen, Flor de las flores. Venid; después, vamos todos. Una canción plural y hermosa, como las canciones que cantamos cuando vamos de romería a alguna ermita o santuario de la Virgen.
Con flores a porfía, / con flores a María, / que Madre nuestra es. Mayo, en compañía de María, es un mes inolvidable y dulce. Hay que hacer de María Santísima el eje de nuestra vida y hay que hacer de nuestra vida un mayo en continuo servicio de Nuestra Señora. Que los once meses restantes del año estén ungidos por el recuerdo y la esperanza de mayo. Que todos acabemos convenciéndonos de que la Virgen María es la inagotable vena de ternura que riega este pobre mundo nuestro. A ella hay que encomendar todas nuestras cosas, el disgusto, los enfados, la pureza, la alegría, los estudios, el hambre de los afamados, los parados, la paz del mundo y la prosperidad de las naciones y nuestro miedo de cada noche. Hacernos niños, confesar nuestra esencial necesidad, renacer, es esto un mandamiento del Señor. No hay manera de cumplirlo si no nos persuadimos de que somos los hijos pequeños de la Virgen, hermanos menores de Cristo.
Por eso los Papas han dedicado palabras singulares a la devoción a María durante este mes: «El mes de mayo nos estimula a pensar y a hablar de modo particular de Ella. En efecto, este es su mes. Así pues, el período del año litúrgico, [Resurrección], y el corriente mes llaman e invitan nuestros corazones a abrirse de manera singular a María.» (Juan Pablo II, Mayo 1979). San Pablo VI, le dedicó una encíclica: “El mes de mayo, consagrado por la piedad de los fieles a María Santísima, llena de gozo nuestro ánimo con el pensamiento del conmovedor espectáculo de fe y de amor que dentro de poco se ofrecerá en todas partes de la tierra en honor de la Reina del Cielo. En efecto, el mes de mayo es el mes en el que los templos y en las casas particulares sube a María desde el corazón de los cristianos el más ferviente y afectuoso homenaje de su oración y de su veneración. Y es también el mes en el que desde su trono descienden hasta nosotros los dones más generosos y abundantes de la divina misericordia. Nos es por tanto muy grata y consoladora esta práctica tan honrosa para la Virgen y tan rica de frutos espirituales para el pueblo cristiano. Porque María es siempre camino que conduce a Cristo. Todo encuentro con Ella no puede menos de terminar en un encuentro con Cristo mismo. ¿Y qué otra cosa significa el continuo recurso a María sino un buscar entre sus brazos, en Ella, por Ella y con Ella, a Cristo nuestro Salvador, a quien los hombres en los desalientos y peligros de aquí abajo tienen el deber y experimentan sin cesar la necesidad de dirigirse como a puerto de salvación y fuente trascendente de vida?” (Mense Maio, Enc. Pablo VI, 1965).
Sobre el trasfondo de estas palabras puede verse perfectamente delineado el perfil del Beato Fray Leopoldo de Alpandeire, el apóstol de las Tres Avemarías, el juglar de la Virgen, el cantor de Nuestra Señora. Él fue un enamorado de la Virgen, la cantó con su vida y difundió y vivificó su devoción con su ejemplo. La antigua iglesia de capuchinos de Granada contaba con tres altares dedicados a la Virgen: a la Inmaculada, a la Divina Pastora, a la Virgen de las Tres Avemarías y una imagen de la Virgen de la Paz venerada en el coro de la comunidad. De todos ellos cuidaba con primor nuestro hacendoso limosnero. Cuidaba de que todos estuviesen limpios, bien adornados y decorosos, cada uno tenía su propia camarera y su respectivo grupo de hermanos/as que se ocupaban de todo lo relativo al culto de cada una de estas tres advocaciones. Pero era sobre todo en el mes de mayo, el mes de las flores a María, cuando Fray Leopoldo se esmeraba con más empeño para que las rosas, los claveles, los lirios, las azucenas y margaritas luciesen con primor en los altares de la Virgen, haciendo con inusitada devoción el piadoso ejercicio del mes de las flores a María.
Por eso cada año se nos viene mayo, por el camino de la primavera, para ofrecerle flores a la Virgen.
Alfonso Ramírez Peralbo (Vicepostulador)
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