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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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Su bondad no fue un gesto ocasional ni una virtud exhibida, sino una forma de estar en el mundo, de caminar por las calles y de mirar a las personas.
Fray Leopoldo de Alpandeire fue, ante todo, un hombre bueno. No en el sentido ingenuo o blando del término, sino en ese más profundo y exigente que nace de una vida entregada sin reservas a los demás.
Su bondad no fue un gesto ocasional ni una virtud exhibida, sino una forma de estar en el mundo, de caminar por las calles y de mirar a las personas.
Durante años recorrió Granada como fraile limosnero. Iba de puerta en puerta, con su macuto al hombro y el hábito gastado por el uso, pidiendo para los pobres y para el convento. Pero quien lo veía pasar comprendía pronto que su verdadera limosna no era la que recibía, sino la que daba. Fray Leopoldo ofrecía tiempo, atención y una cercanía que desarmaba. Sabía detenerse. Sabía escuchar. Sabía estar.
Muchas personas no le entregaban nada material, pero le abrían el corazón. Él no tenía prisa. Se interesaba por las preocupaciones de cada uno, por las enfermedades, por los problemas familiares, por las angustias calladas.
Escuchaba con respeto, sin juzgar, y respondía con palabras sencillas, a veces solo con una bendición o una sonrisa. En una sociedad que ya entonces comenzaba a correr deprisa, Fray Leopoldo era un hombre que caminaba al ritmo del otro.
Su hospitalidad no se limitó a las puertas que llamaba. En el convento, acogía a todos sin distinciones. Pobres, enfermos, personas solas, creyentes firmes o buscadores inquietos encontraban en él un rostro amable y una palabra de consuelo. Nunca preguntaba de dónde venían ni qué habían hecho. Le bastaba saber que estaban allí. Para Fray Leopoldo, cada persona era alguien enviado por Dios.
Esa bondad tenía raíces profundas. Nacía de una vida de oración sencilla y constante, de una confianza total en la Providencia y de una humildad auténtica. Nunca se creyó importante ni imprescindible. Se sabía instrumento. Por eso su presencia no imponía, sino que acompañaba. No ocupaba el centro, pero lo iluminaba.
Hoy, cuando se habla tanto de solidaridad y tan poco de cercanía real, la figura de Fray Leopoldo sigue interpelando. Su bondad fue concreta, cotidiana, hecha de gestos pequeños y fidelidad silenciosa. No buscó reconocimiento ni dejó grandes discursos. Dejó algo más difícil de explicar y más necesario: la certeza de haberse sentido escuchado, acogido y querido.
Quizá por eso su recuerdo permanece vivo. Porque Fray Leopoldo no pasó por la vida de puntillas. Pasó haciendo el bien, uno a uno, como quien sabe que cada encuentro puede ser sagrado.
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