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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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Cerca de los jóvenes
Fray Leopoldo de Alpandeire supo acercarse a los jóvenes sin estrategias ni discursos elaborados.
No pretendía convencer ni dar lecciones desde arriba. Simplemente estaba. Y esa presencia, humilde y verdadera, abría caminos donde otros encontraban muros.
En una época marcada por grandes cambios sociales y dificultades económicas, muchos jóvenes vivían con incertidumbre el futuro.
Fray Leopoldo los encontraba en la calle, en las puertas de las casas, en los caminos cotidianos de Granada. A algunos los saludaba de paso; con otros se detenía un poco más. Siempre con la misma actitud: una mirada limpia, una sonrisa sincera y una escucha que no juzgaba.
No hablaba mucho.
Y cuando lo hacía, sus palabras eran sencillas, nacidas de la experiencia y de una fe vivida con naturalidad. Los jóvenes no se sentían examinados ni corregidos, sino acogidos. En Fray Leopoldo encontraban a alguien que confiaba en ellos, incluso cuando ellos mismos dudaban de su propio valor.
Tenía un gesto muy suyo: poner la mano en el hombro mientras hablaba. No era un gesto de autoridad, sino de cercanía. Decía más que muchas palabras. Transmitía apoyo, compañía, y una certeza silenciosa: no estás solo. Para muchos jóvenes, aquel contacto era un ancla en medio de la confusión.
Fray Leopoldo no idealizaba la juventud ni ignoraba sus dificultades.
Conocía el cansancio, la tentación del desánimo y la fragilidad de las decisiones apresuradas. Por eso no imponía caminos, sino que animaba a caminar con honestidad, trabajo y confianza en Dios. Su consejo no era teórico, sino vivido.
Quizá por eso los jóvenes se acercaban a él con naturalidad. No lo veían como una figura distante, sino como un hermano mayor que comprendía la vida. Su fe no asustaba, porque estaba hecha de bondad concreta, de respeto y de esperanza.
Hoy, cuando tantas generaciones jóvenes reclaman ser escuchadas y tomadas en serio, la figura de Fray Leopoldo resulta especialmente actual. Nos recuerda que el acompañamiento verdadero comienza por la atención sincera, que educar también es confiar y que la cercanía puede ser una forma profunda de evangelización.
Fray Leopoldo no dejó escritos para los jóvenes. Dejó algo más duradero: la experiencia de haberse sentido mirados con cariño, escuchados con respeto y acompañados con amor.
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