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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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--¿Qué vas a hacer cuando seas mayor?
Le preguntaron a un niño que jugaba a construir altares y a decir misa en ellos;
--¿Yo? ¡Seré Obispo! -- respondió con presteza y seguro de sí el muchachillo.
Los niños de todo el mundo juegan espontáneamente a la elección de una profesión; y como es un buen juego, suele durar poco; los niños cambian de profesión cada vez que cambia el aire. Sin embargo, alguno de aquellos juegos infantiles, ya de mayores, se hacen realidad. También nuestro obispo en ciernes jugaba y el suyo fue un caso en el que acertó plenamente. Veamos los hechos.
El punto de arranque de esta historia tiene lugar en Vallibona, localidad situada en las montañas de Benifasar a orillas del río Cervol. Es un pequeño municipio, de origen musulmán, de la comarca de los Puertos, en la provincia de Castellón; está rodeada por las localidades de Castell de Cabres, Pueblo de Benifasar…, todas ellas en la provincia de Castellón. Fue conquistada por el rey Jaime I hacia 1232, y repoblado en 1271 por D. Blasco de Alagón. La población ha sufrido una progresiva reducción y desde 1959 una progresiva emigración hacia las zonas industriales de Barcelona y norte de Castellón.
Aquí nació el 9 de noviembre de 1843 el pequeño José, en el seno de una familia que le enseñó las prácticas de piedad. El Meseguer niño tuvo como hobby leer vidas de santos. Y así como la gata, a fuerza de ir al tocino, deja la huella, sucedió que el castellonense, de tanto leer vidas de santos, se convenció de ello. ¡El fue un aventurero!
A edad temprana quedó huérfano, pasando bajo la tutela de su tío el arzobispo de Tarragona, Costa y Borrás, y al morir éste pasó bajo la tutela del arzobispo Sanz y Forés. El niño José creció a la sombra de catedrales, entre roquetes de armiño, cantos gregorianos y latines, misas pontificales con cantos de Perosi que él ayudaba como acólito con gran unción.
Estudió enseñanza segunda en el colegio de Santo Tomás de Barcelona y en el Instituto de Tarragona adquirió el titulo de Bachiller en junio de 1860. Piensa que si aprende letras, puede un día vestir sotana de gorgorán y bonete con borla y llamarse Don y tener paje de respeto. En un clima religioso tan propicio, pronto se despertó en el chaval la vocación al sacerdocio que sus tutores cuidaron con esmero, ayudaron y favorecieron.
Ingresó en el seminario de Valencia, donde adquirió los conocimientos humanísticos del latín y griego, de la filosofía y de las ciencias teológicas, con la mirada fija en convertirse un día en sacerdote, como uno más de los muchos que, con roquete de organdí, iban y venían por el palacio de su tío el arzobispo Costa y Borrás. Allí aprendería maneras corteses, cuando y cómo debe llevarse la mano al sombrero, doblar cabeza o espinazo en reverencia mayor y a quién llamar Don y a quién señoría.

Terminó la carrera eclesiástica en el Seminario de Valencia, siendo doctor en cánones y en teología y ordenándose de sacerdote el 21 de diciembre de 1867 por Sanz y Forés, quien conociendo las cualidades de bondad, humildad y piedad lo tuvo como secretario de Cámara y Gobierno en las diócesis de Oviedo y Valladolid. Licenciado en Derecho civil y canónigo en la universidad de Oviedo en 1874, es canónigo de la catedral de Oviedo en 1875. Trasladado con el arzobispo Sanz y Forés a Valladolid como Secretario de Cámara y Gobierno, pasó a ser canónigo, arcipreste y deán de la catedral de Valladolid.
El 30 de diciembre de 1889 fue nombrado obispo de Lérida, siendo consagrado en Valladolid el 19 de marzo de 1889 por el arzobispo Benito Sanz y Forés. Y vestirá capisayos con ese tabí de aguas que cruje tan señorial al andar delatando alcurnia, muceta de armiño, mitra y tendrá derecho a escudo blasonado que colgará en el balcón.
En Lérida ejerció 16 años hasta que el 27 de marzo de 1905 fue nombrado arzobispo de Granada. Al tomar posesión de la sede de san Cecilio y hacer el juramento, se emocionó de tal manera que, cuentan las crónicas, lloró amargamente contagiando a los asistentes. Pero ni el haberse criado en palacio, rodeado de prelados y clérigos distinguidos, no mermó lo más mínimo la humildad de su cuna. Y a pesar de todo lo que había visto, imaginado o soñado, a Granada llegó rodeado ya de un halo de humildad, rectitud, enemigo de toda clase de boato, piadoso. Vivía con modestia y era generoso.
Granada era una provincia pobre, en la que abundaba el latifundismo y las desigualdades sociales; las revueltas de campesinos y las huelgas de agricultores eran frecuentes, el arzobispo Meseguer supo predicar la paz, el amor y la concordia. Creó el Consejo Diocesano de Acción social católica siguiendo las inspiraciones de Roma y del arzobispo de Toledo, cardenal Aguirre (1910). En los pueblos de la diócesis creó, con el mismo fin, las Juntas Parroquiales. Se compenetró con el espíritu religioso de toda la diócesis y su amor a la patrona la Virgen de las Angustias, cuya coronación canóniga presidió el 20 de septiembre de 1913.
D. José Meseguer y Costa fue el primer arzobispo de Granada que conoció Fr. Leopoldo. En el arzobispo veía al representante del Papa y su devoción, respeto y veneración crecía día a día. No faltaba nunca, el día del Sr. Arzobispo, de acudir a la Curia a rendirle homenaje de devoción y de adhesión filial.
Una tarde soleada de diciembre, la tarde del 7 de diciembre, vísperas de la Inmaculada, el Sr. Arzobispo, que había oído hablar ya de la fama de santidad de Fr. Leopoldo, dirigió sus pasos al convento de Capuchinos. Llegó y se encontró la puerta abierta, llamó, tocó la campana y nadie se hacía presente. Como era vísperas de la solemnidad de la Inmaculada, los Padres se encontraban de ministerio, predicando y confesando en las parroquias de los pueblos cercanos.
El Sr. Arzobispo, D. José, no detuvo sus pasos sino que continuó entrando por las dependencias conventuales hasta llegar a la huerta. Allí vio a Fr. Leopoldo, que era el motivo de su visita, acompañado de Fr. Crispín de Los Bermejales, los dos estaban sumidos en coloquios de alta contemplación, a los que muy gustoso se sumó y unió D. José sin perturbarlos en nada. Pasando los años el Sr. Arzobispo, D. José Meseguer y Costa, recordando aquel encuentro, manifestó haberse encontrado y experimentado la misma sensación que experimentaron en el desierto los Santos eremitas Antonio Abad y san Pacomio cuando juntos hablaban en la soledad de las cosas divinas.
Alfonso Ramírez Peralbo, Vicepostulador
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