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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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“La sangre de un hombre derramada a mano de otro hombre es demasiado para todos los siglos y para todas las gentes”.
Son palabras del escritor italiano Alejandro Manzoni y no es posible no extraer de ellas, de una parte, el desconsuelo por la devastación llevada a cabo por los hombres de todo tiempo y, de otra, la fe profunda del cristiano, que no acepta la supresión de la vida. La afirmación de Manzoni es como un estremecimiento ante la tragedia de todo tipo de guerras que se suceden, destruyendo vidas humanas y bellos paisajes con colinas dulces y onduladas de nuestra querida madre tierra.
El siglo XX pasará a la historia como el siglo de los grandes avances de la ciencia y de la técnica, del desarrollo y del progreso; la humanidad ha atravesado nuevas fronteras y ha alcanzado cimas insospechadas. Sin embargo, el siglo XX ha sido también el siglo de las grandes guerras, destructivas y aniquiladores del ser humano como jamás habían existido hasta entonces. La Iglesia invita siempre a la esperanza, esa esperanza, en el siglo XX, ha sido encarnada sobre todo por los mártires.
El propio Jesús advierte a sus discípulos que “llegará un tiempo en que quien os mate creerá que rinde culto a Dios” (Jn 16,2). Se refería a la que habría sido la reacción de muchos piadosos judíos. “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre”, suena como la advertencia del Señor en una perspectiva mucho más amplia. Si existe algo que se pueda probar en el siglo XX, es que estas palabras, lejos de ser una piadosa y genérica amonestación, son aplicables literalmente hoy como ayer. Las historias de los mártires, sin embargo, confirman que, según Jesús, la persecución y la muerte pueden ir acompañadas de una gran bienaventuranza.
En la Iglesia de los orígenes sus miembros sabían que su Salvador había sido un signo de contradicción que los ponía en conflicto abierto con el mundo: “Se levantarán los reyes de la tierra y los gobernantes se aliaron contra el Señor y contra su Ungido” (Hch 4,26). Todos los apóstoles, con excepción quizás del evangelista San Juan, murieron de muerte violenta. El cristianismo hizo su primera aparición en un imperio que, por tantos motivos, se asemejaba a los regímenes con los que se han encontrado los cristianos en los últimos tiempos.
Las primeras persecuciones y el primer gran grupo de mártires tuvieron lugar durante el imperio romano. La Iglesia primitiva se había mostrado inflexible para no contaminarse con los cultos paganos. Muy pronto los cristianos fueron víctimas de las penas más crueles previstas en el mundo romano, confirmando las palabras de Cristo: “Os mando como ovejas en medio de lobos” (Mt. 10,16). Como aun sucede hoy, los suplicios fueron desproporcionados. Y lo mismo que en Roma sucedía en todo el imperio (Egipto, Las Galias, Grecia, Asia Menor…): la novedad representada por el cristianismo enfurecía tanto al pueblo como a los gobernantes.
El precio pagado por los mártires del siglo XX en España, ha sido el mismo, incluso a veces más alto que el de los mártires de siglos pasados. Quizás, por primera vez, después de la caída del imperio romano, ha sucedido de nuevo que los cristianos han sido deliberadamente arrojados a las fieras para ser despedazados. Juan Pablo II ha sido el encargado de que estos testimonios sean recuperados y no se pierdan en el olvido (TMI).
Gines, nombre de origen árabe que significa “jardín”, ocupa uno de los lugares más privilegiados en plena comarca del Aljarafe, a 8 km. de Sevilla, rodeada por poblaciones cercanas. El predominio del olivar y el viñedo, dieron origen a la edificación de las Haciendas para la transformación de los productos agrícolas. Hoy es con mucho una ciudad dormitorio de la populosa Sevilla.
En Gines arranca nuestra historia, ya que allí nació nuestro protagonista el 20 de febrero del 1877. Fueron sus padres Julián Payán y María Pérez y, en el bautismo, recibió el nombre de Alfonso. Muy pronto, en plena juventud a los 18 años, nace en él la vocación religiosa, ingresando en la Compañía de Jesús el 6 de noviembre de 1895, en Granada, Provincia de Toledo (Bética) y se ordenó de sacerdote en 1911, en Murcia. Se consagró por entero al ministerio sacerdotal, siendo buen predicador, visitador de hospitales y de cárceles. El necrologio de los jesuitas lo define como: “Buen predicador y excelente director de la Congregación Mariana de Granada. Hombre de gran espíritu de pobreza”. Fue profesor en el Colegio de Ntra. Sra. del Recuerdo, en Chamartín de la Rosa (Madrid) de 1915 al 1927 y en el Colegio de San José de los Barros (Badajoz). Después fue destinado a la Residencia de Granada, sita en la Gran Vía, donde ejerció un basto apostolado como director de ejercicios y predicador de misiones populares. Era muy conocido y tenía una gran fama de predicador popular. Y aquí, precisamente, arranca su relación con Fray Leopoldo que también era popular en Granada al mismo tiempo. El P. Alfonso Payán, como director espiritual, tenía una loable perspicacia para ver más allá de los signos o del exterior de las cosas. Muchas veces, en sus predicaciones ponía a Fray Leopoldo como ejemplo. Recuerda el farmacéutico D. Emilio González, que una vez oyó predicar en la catedral de Granada al P. Payán, y dijo lo siguiente refiriéndose a Fray Leopoldo: “Tenemos un santo andando por las calles. Cuando yo venía ahora para la iglesia, un sacerdote se dirigía al Palacio Arzobispal. Pasaba por la plaza Fray Leopoldo. Vio al sacerdote y se apresuró para alcanzarlo. En la misma escalera de entrada de la Curia le dio alcance. El sacerdote le preguntó: ¿Quiere Vd. algo Fray Leopoldo?: ‘Solamente venía -le respondió– a besarle la mano’”. El P. Félix de Lopera recuerda que el P. Pedro de Castro, su Maestro de Novicios, les refería que el P. Payán, muchas veces sacaba ejemplos de Fray Leopoldo en su predicación y repetía que no hacía falta buscar ejemplos en la Edad Media, que cuando quisieran podían ver un santo por las calles de Granada, que este era Fr. Leopoldo.
El P. Alfonso Payán, S.J., acabó sus días trágicamente. Tras la disolución de la Compañía de Jesús por la República, vivió con grupos de compañeros escondido. En julio de 1936, dada su disponibilidad, fue a suplir a otro sacerdote a predicar la novena de la Virgen del Carmen en la parroquia de san Sebastián de Almería. Al estallar el Movimiento, los jesuitas en Almería vivían en un piso en la plaza de Santo Domingo, que pronto registraron los milicianos, llevándoselos presos al vapor Astoy-Mendi convertido en prisión en el puerto de Almería, quedando sólo el P. Luque, que estaba impedido. El P. Payán se hallaba escondido en casa de Dª. Mercedes Torres y al saber que se había quedado solo el P. Luque, se fue a cuidar de él. Poco después se los llevarían a los dos al barco y de allí los sacaron con otros 25 sacerdotes y religiosos el 31 de agosto para darle el “célebre paseíto” y los fusilaron en la boca de los célebres pozos secos de Tabernas, que quedaron así convertidos en cementerios vivos de tantos religiosos y religiosas. Algunos pozos contaban con hasta 80 pisos de asesinados y piedras.
El Siervo de Dios, P. Alfonso Payán, S. J., se encuentra hoy en Proceso de Beatificación.
Alfonso Ramírez Peralbo
Vicepostulador
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