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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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Hay nombres de personas, o de pueblos y ciudades que con sólo nombrarlos evocan toda una figura o toda una historia. Este parece ser el caso de nuestro biografiado que en Granada era tan popular y conocido por su nombre como por su pueblo de nacimiento. ¿Qué granadino de los años 50 o 60 del siglo pasado no conocía al P. Benito de Íllora? ¿Qué devota o fiel cristiano de aquellas décadas no pasó por la iglesia de capuchinos y por el confesonario del P. Benito?
Se cree que el nombre de Íllora proviene de la palabra Illurco, que según Humboldt parece ser de origen vasco o de algún pueblo pirenaico emparentado con ellos, aunque por estas tierras pasaron diversas culturas que de una forma u otra han dejado su impronta contribuyendo, en cierta manera, a crear su propia identidad o idiosincrasia.
Basaban su subsistencia en la caza de animales y recolección de plantas silvestres. Restos de estas poblaciones se han encontrado en yacimientos cercanos, en Tiena o en Moclín. Cuando Roma irrumpe en este escenario encuentra una zona racial y culturalmente étnica. Los romanos incluyeron a Íllora en la Hispania ulterior. En la Edad Media apareció un personaje señero en la historia de Íllora. Un joven predicador de la fe cristiana realizó su trabajo en un clima de crispación y sufrirá martirio por desafiar con su predicación al poder árabe establecido. Se llamaba Rogelio y tras su martirio se convierte en el patrón de Íllora: san Rogelio.

El P. Benito de Íllora, segundo a la derecha, sentado
Una vez decidida la campaña de los Reyes Católicos contra el reino nazarí de Granada, Íllora fue tomada el 8 de junio de 1486. En la Edad contemporánea aumenta la población, aunque la estructura económica sigue siendo agropecuaria.
En este rincón cercano de la vega granadina, allí, justo a la orilla del camino que badea un riachuelo, se halla situado Íllora, un pueblo de campesinos y labradores con sus casitas blancas, extendido en un rincón de la verde geografía de su paisaje muy cerca de las choperas y los maizales de la vega granadina. En el casco de su población destaca su majestuosa iglesia con su hermoso campanario en cuyos alrededores jugaban los niños; allí nació a finales del siglo XIX, el 30 de octubre de 1891 el pequeño Cristóbal Sierra Gutiérrez, nuestro futuro P. Benito. Era hijo del matrimonio José Sierra Castilla y Manuela Gutiérrez Pela. Moriría el 26 de octubre de 1961, año en el que se inicia el Proceso de Beatificación de Fray Leopoldo, al que es llamado a declarar como primer testigo, pero que no pudo finalizar sus declaraciones. Testimonió sólo en las XIV primeras sesiones pero nos dejó unos breves atisbos de cómo era Fray Leopoldo.
Todavía en buena parte del siglo XX la figura del hermano limosnero capuchino era una figura querida y entrañable por los pueblos de nuestra geografía. Su sola presencia por las calles con el hábito rudo, pies descalzos, barba, rosario entre las manos, era todo un icono arrancado del álbum de las más puras litografías de la Orden. Su corazón lleno de bondad y serenidad, mendigando de puerta en puerta, se llevaba los dolores y amarguras de las familias, que luego él puntualmente descargaba en el corazón de Dios, a cambio de harina, aceite, huevos, morcilla...
Fray Leopoldo en su quehacer de limosnero mendicante, buscaba también a los niños más piadosos para enviarlos al Seminario Seráfico de Antequera. Cierto día en que pedía por las calles de Íllora fue asaltado por un chiquillo…., que lo había visto pasar tantas veces por las calles de su pueblo, que lo espetó diciéndole: “Yo quiero ser capuchino como Usted”. Cautivado por la ingenuidad y espontaneidad del chiquillo, Fray Leopoldo le respondió: “Tu serás religioso, pero serás más que yo, porque yo soy un humilde hermano, y tu serás ministro del Señor”. Palabras proféticas que con el paso del tiempo serían realidad.
El P. Benito convivió con Fray Leopoldo algo más de treinta años, espacio más que suficiente para conocer bien a una persona. Pero todos los hagiógrafos cuando escriben una biografía se han preguntado siempre cómo es por dentro el alma de su biografiado. La respuesta es siempre difícil tratándose de un candidato a la santidad, porque aquí tocamos el límite del natural y el sobrenatural, o esa zona del misterio de difícil accesibilidad para los ajenos o profanos que se acercan a escrutar el pozo sin fondo en el que Dios labra su obra sobre cada criatura humana.
Pero, quizás en este caso, la suerte juegue a nuestro favor. Durante unos treinta años el P. Benito fue confesor de Fray Leopoldo. Sólo, tal vez, desde esta única y privilegiada atalaya, el P. Benito podría decir que durante ese largo periodo de tiempo, y lo afirma con cierto énfasis: “Pongo mi mano sobre el fuego -refiere- que en este tiempo no ha cometido ni un pecado venial deliberado”, para afirmar a renglón seguido que era un hombre de mucha voluntad, que tenía un gran dominio de sí mismo y una extraordinaria virtud, sabía frenarse; no es, como creen algunos, que Fray Leopoldo tenía la sangre gorda, al contrario, -dice el P. Benito- tenía que hacerse mucha violencia para vencerse a si mismo; era de un carácter entero, pero se veía siempre igual, celoso de su deber, lleno de virtudes; se esforzaba continuamente por ser atento y afable con todos, vivía constantemente en la presencia de Dios, como se veía en su espíritu de oración y de fervor constante. En sus declaraciones, dice cosas preciosas sobre la fe de Fray Leopoldo, la caridad, la prudencia… Y el P. Benito de Íllora, termina diciendo: “Fray Leopoldo no es ni más ni menos, que una Santa Teresita”, lo decía refiriéndose a su espíritu. Esto es una especie de retrato por dentro, interior e íntimo, porque, además, estaban sus manos ásperas del trabajo diario, sus pies y su andar achacoso con el paso de los años y, sobre todo, sus ojos; aquellos ojos vivarachos, con mirada de cielo, que transparentaban una especie de sabiduría venida de otro lugar.
El 26 de octubre de 1961 moría el P. Benito, cuando sus declaraciones procesales se cerraban con esta preciosa joya sobre Fray Leopoldo: “Practicó en grado heroico la virtud de la humildad. Se sentía muy bajamente de sí mismo. No me consta que nunca se envaneciera en el cumplimiento de sus obligaciones. Seguía humildemente y contento el criterio del Superior o cualquier consejo razonable de otro hermano”.
Alfonso Ramírez Peralbo, Vicepostulador
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