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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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En Jaén el color de la luz es de verde plateado y aquella mañana el sol bañaba las calles y plazas de Cambil pueblo natal de nuestro protagonista. Cambil, villa jiennense, se halla clavada entre pequeños cerros, es como un pañuelo que se hubiera caído en medio de un verde aceituna de olivares. Situado entre los cerros Engecho y Achuelo, Cambil parece sonreírse de su propia historia con esa dejadez andaluza que desafía los siglos.
En este rincón aceitero nació el 19 de marzo de 1901 un niño, hijo del Matrimonio entre Pedro Martínez, profesor de Instrucción primaria y de Dª. Bernarda Martínez. Bautizado al día siguiente de nacer en la parroquia del pueblo de la que era titular Ntra. Sra. de la Encarnación, recibió el nombre de Zacarías
Zacarías, con cuatro años, lo tocaba todo. ¡Estate quieto Zacarías! ¡Que lo vas a tirar! Quería hacerse con un pesado botijo, mientras su madre Antonia no daba abasto para acudir a todas las labores de una casa de campesinos. ¡De sol a sol tenía que trabajar el padre para alimentar a la familia! El pequeño Zacarías sonreía sin enterarse de nada. Fuera, el sol cae a plomo sobre el campo andaluz. La madre se seca las manos y se sienta agotada bajo la parra.
El sol se había puesto detrás de los cerros y las sombras se alargaban rosáceas sobre la cal. Todo era silencioso, habitado solamente por esos pequeños ruidos que transforman el tiempo en eterno en cualquier pueblo de Andalucía. En el tibio aire del atardecer, el pequeño Zacarías jugaba detrás de un perro. Sus padres lo contemplaban sonriendo.
Zacarías creció en el pueblo hasta hacerse una persona de respeto, pero en los pueblos, ya se sabe, fuera del campo, no hay otros trabajos y el joven Zacarías y su familia se encaminaron a Granada en busca de trabajo y de fortuna.
Ya en 1916, en Granada, Zacarías entra de acólito en el convento de Padres Capuchinos y allí conoció a Fr. Leopoldo, siguió luego de sacristán, estando al lado del Siervo de Dios hasta su muerte. Cuarenta años seguidos de contacto y convivencia con Fr. Leopoldo que convierten a Zacarías en atalaya desde la que observa y mira, guardando lo que ve en el cofre de su interior, en el que se guardan las más valiosas perlas y joyas de la santidad del capuchino limosnero. Su oficio de sacristán lo simultaneó también con el de portero de la Diputación Provincial de Granada, siendo también sacristán del Monasterio de las Capuchinas de San Antón, de Granada.

Zacarías, de pie, a la derecha del estandarte
En una época como la nuestra, donde la eficacia humana y material, la ciencia y la tecnología, están casi divinizadas, la vida de Fr. Leopoldo, tal y como la conoció Zacarías, demuestra que ciertamente hay que servirse de los medios humanos, pero que hay otra eficacia de lo aparentemente inútil, una fuerza en lo débil y una grandeza en lo pequeño. Al hombre de hoy, solo, confuso y perdido en la gran ciudad global viene bien este mensaje. La confianza sin límite puede ayudar al gran solitario de un mundo globalizado a descubrir desde el silencio que no estamos solos.
Para Zacarías el gran secreto de la vida de Fr. Leopoldo era la vida interior, la oración, una oración continua, una confianza total y una presencia de Dios ininterrumpida. Su mera presencia actuaba. Poco importaba lo que dijera o hiciera; casi sin quererlo, meramente con “ser” regalaba esa luz, que era como lámpara encendida. A veces, cuando existe tal unión con lo infinito, no hace falta ni hablar. Esto le permitía tener la palabra justa en el momento justo y mostrar a la gente que Dios es amor. Dice Zacarías que “a la gente no le interesaba tanto lo que decía, sino lo que vivía”. En una palabra: él mismo era el mensaje. Gracias al cofre abierto de Zacarías sabemos que Fr. Leopoldo hizo su primera Comunión el día de la Ascensión, que aquel año cayó el día 8 de mayo, que llevaba un lazo blanco en el brazo; más tarde nos diría, que, por obediencia al Superior, esperó toda una noche en la puerta del coro porque aquél le había dicho que lo esperara allí, que llevaba siempre la Regla en el pectoral del hábito; Zacarías sufrió el atropello de un coche, el 15 de noviembre, y Fr. Leopoldo al visitarlo le dijo: “Para el día de la Inmaculada estarás en el convento”. Y así sucedió, aunque los médicos dijeron que tenía que haber hecho alguna trampa con los santos.
Zacarías acompañó muchas veces a Fr. Leopoldo en su quehacer de limosnero y era testigo de cómo hacía y procuraba el bien de los bienhechores y de que recibía las limosnas por amor de Dios; siempre procuraba -recuerda- enseñar a los demás a hacer lo bueno por amor de Dios. Oyó blasfemar a un lechero cerca del convento de la Encarnación porque se le había derramado la cántara de leche y había perdido el jornal del día y Fr. Leopoldo lo invitó a invocar el nombre de Dios dándole buenos consejos y lo socorrió con dinero.
Otra vez iba Fr. Leopoldo a entrar en casa de una mujer de mala vida y los vecinos le aconsejaron que no entrara. Fr. Leopoldo llamó y dijo como siempre: Ave María Purísima”, le abrieron y entró. Animó a la señora a servir y a amar mucho al Señor. Desde entonces la señora se aconsejaba mucho de Fr. Leopoldo y cuando ella murió, el limosnero veló su cadáver y luego la acompañó hasta el cementerio.
Nuestro personaje viviendo y conviviendo con Fr. Leopoldo fue testigo de hechos admirables que su mero relato nos trae la frescura de alguien que vive sumergido en la lontananza divina. Era el año 1920, el P. Crisóstomo de Almocita, religioso de la Comunidad de Granada, sintió que había perdido la vocación. Fr. Leopoldo le aconsejó que no se saliera de la Orden y que sólo estuviera en su casa unos días y luego volviera. El P. Crisóstomo marchó a su casa. A los ocho días regresó al convento y Fr. Leopoldo dio muchas gracias a Dios y pidió al Señor que si tuviera que salirse de nuevo, se lo llevara antes al cielo. Oyó el Señor la súplica de Fr. Leopoldo y ocho días después moría santamente el P. Crisóstomo. Murió la noche de Navidad, dejando edificados a los religiosos que, unánimemente comentaban: “¡Quién tuviera una muerte tan santa como la del P. Crisóstomo!”
Como sacristán cuidaba mucho de la lámpara del Santísimo y de todas las cosas del culto, con gran limpieza y cuidado de los ornamentos, de los objetos de culto, de las ceremonias, de la iglesia y de la sacristía. Cuidaba con mucho celo por la casa de Dios. Ponía mucho interés en que todo estuviera a punto para la Procesión Eucarística y el ejercicio del Santo Vía Crucis, actos en los que participaba con gran piedad y devoción. Que escogía por recorrido la iglesia donde se celebraba el Jubileo de las XL Horas para hacer la visita, que amaba una pequeña escultura del Cristo del Perdón para cuyos devotos consiguió indulgencias del arzobispo D. Balbino Santos. Zaracarías es, sobre Fr. Leopoldo como un pozo sin fondo que, mientras más agua sacas, más agua mana.
Alfonso Ramírez Peralbo, Vicepostulador
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