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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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La llaman la “tacita de plata”, Cádiz; “salada claridad”, la definió Manuel Machado. Y aunque huele mucho a Carnaval, bien saben los gaditanos que: “Con las bombas que tiran los fanfarrones / se hacen las gaditanas tirabuzones”. Aquella mañana, por entre los barrotes de una ventana de la casa familiar se recortaba un retal de mar azul pálido de la bahía gaditana. Es mediodía. Casi se masca el aire caliente, que se deposita húmedo en la piel, añorando las brisas de mar adentro, el vuelo de las gaviotas y el penetrante olor a sal y yodo con que los aires marinos vienen acompañando al golpe de ola al rebotar sobre las rocas de los acantilados de la costa.
Al inicio de esta historia, las brumas inquietas de una época, con una profunda crisis sacude a la sociedad española propiciada por el mal sistema político y por la pérdida de las últimas colonias de las Antillas y Filipinas y que extendería unas tremendas consecuencias económicas en la agricultura, al despegar industrial y a la actividad comercial.
Una pequeña oligarquía formada por grandes terratenientes, industriales y políticos conservadores y liberales, que se alternan en el poder, tienen marginadas a las masas campesinas, hundidas en la pobreza y en el hambre, convirtiéndose en terreno fértil para las ideas anarquistas, sobre todo en Andalucía y Extremadura.
José María se asomó a la azotea. El sol débil de noviembre pintaba de ocres la cal de la casa familiar, en la plaza de la mina, en el corazón de Cádiz. Hasta la azotea llegaban los llantos de un niño pequeño que hacía escasos minutos acababa de nacer. Era hijo de José María Falla y María Jesús Matheu. Era un 23 de noviembre de 1876. José María miraba el espectáculo del puerto gaditano: hombres y mujeres que iban y venían hacia los barcos atracados en el puerto, la subasta del pescado, la carga y descarga de mercancías, mientras se preguntaba, con los tiempos tan difíciles que corrían, ¿Qué iba a ser de aquel niño? Miró y miró hacia el mar. El azul perfecto de la bahía traía un olor a yodo y una profunda sensación de paz. Abandonó la terraza y bajó hasta la habitación donde estaba su esposa con el niño dormidito. Le preguntó: --María ¿qué será de nuestro hijo? --Será un genio, verás, le respondió pronto y sonriente.
El niño creció, corrió por las calles de Cádiz con los niños de su edad, estudió y paseó por la playa, mientras el viento agitaba su camisa y sus ojos vivarachos se fijaban en el horizonte, como interrogando a la línea infinita el futuro que se reflejaba en la duda de sus ojos. Soñaba con ser escritor y sus primeros contactos con la música proceden de la enseñanza de solfeo de su madre y de su abuelo, no estando ausente el cante andaluz. Con Eloísa Gallazo inicia los estudios de piano a los 9 años. Prosiguió sus estudios musicales de piano con Alejandro Odero y armonía y contrapunto con Enrique Broca. A sus 17 años, cuenta él mismo que, en un concierto, en el que se interpretaban algunas obras de Grieg, canalizó sus tendencias artísticas hacia la música.
Hacia 1900 va a Madrid y estudia piano con José Tragó y, aunque en la capital reina la zarzuela, comienza sus primeras composiciones, obteniendo, en 1899, el Primer Premio de piano. En 1902 estrena su única zarzuela, “Los amores de Inés”. Luego trabaja con el escritor Carlos Fernández Shaw en la ópera “La vida breve”, con la que recibe el premio de la Academia de Bellas Artes.
En el verano de 1907 realiza su ansiado viaje a París y entra en contacto con Paul Dukas, Debussy y su compatriota Albéniz. También su amigo Joaquín Turina comparte con Falla estos años, etapa que sería fundamental en la vida de nuestro compositor. En 1913, en el Casino de Niza, se estrena La Vida Breve. Pero la guerra le obligó a volver a España, instalándose nuevamente en Madrid y comenzando una etapa de gran actividad. En enero de 1915 se estrenan las “Siete Canciones” y poco después “El Amor Brujo”. En 1916 le toca el turno a “Noches en los jardines de España” y más tarde será el turno de “El Corregidor y la Molinera”.
En 1919, año de la muerte de sus padres, llegaría finalmente a Granada, donde instalará su casa. Ese año triunfa en París “El sombrero de tres picos”. La vida en Granada le pone en contacto con Federico García Lorca con quien le unirá una fuerte amistad. En unión de ellos y con Hermenegildo Lanz, Ángeles Ortiz, Hernando Viñes, organizan en 1922 el primer concurso de cante jondo, para recuperar el “canto primitivo andaluz”.
De las prolongadas estancias en Granada de Manuel de Falla, en su carmen de la Antequeruela cercano a la Alhambra, nace una verdadera amistad entre Falla y Fray Leopoldo. Una anécdota lo revela. Fray Leopoldo conocía a unos diplomáticos que vivían cerca del monumento nazarí. De vez en cuando Fray Leopoldo subía por la cuesta Gomérez en su menester de limosnero. Nada de extraño que de paso por aquellos lugares se encontrase alguna vez con el maestro, o que le oyese tocar al piano sus melodías y de ahí surgiese cierta amistad.
Fray Leopoldo fue limosnero al mismo tiempo que sacristán. Todos los religiosos conocían con cuanto esmero cumplía su oficio de sacristán y cuidaba de que las misas y demás funciones sacras se celebrasen con la dignidad requerida. El ejercer de sacristán era para él, además, un medio para intensificar su relación íntima con el Señor, teniendo que ir varias veces al día a ver si ardía o no la lámpara del Santísimo.
Como buen hijo de Francisco amaba intensamente a la Virgen y cantaba ininterrumpidamente su gloria con el fervoroso rezo de las tres Ave Marías poniendo a la Virgen siempre como intercesora ante Dios de todas las cuitas que le pedían. Cuidaba con esmero el altar de la Virgen de las Tres Ave Marías, celebrando esta Asociación sus cultos anualmente con el debido fervor y decoro. Aquel año, se acercaba la fecha de la fiesta y no había organista ya que éste, D. Luis Tapia, se encontraba enfermo. Fray Leopoldo oyó cómo los religiosos se lamentaban de esta contrariedad y de cómo la fiesta resultaría deslucida sin organista. Así, un día, ni corto ni perezoso, se acercó al Superior para proponerle una solución: -Padre, le dijo-: --Si V. R. lo permite, yo puedo buscar un organista. Muy bien, Fray Leopoldo, vaya, búsquelo -respondió con cierto alivio el Superior-. Y hete aquí a nuestro anciano limosnero subir la cuesta de la Alhambra para hablar en su carmen con el maestro Falla y exponerle el problema. El maestro se alegró mucho de tener a Fray Leopoldo en casa y, tras escucharle, aceptó con sumo gusto la propuesta del humilde frailecito.
Todos quedaron sorprendidos. Y en aquella ocasión, el viejo armonio del convento, que no se encontraba en muy buen estado, sonó en la fiesta de la Virgen de las Tres Ave Marías, nunca mejor dicho, en manos del maestro Falla, a música celestial.
Alfonso Ramírez Peralbo
Vicepostulador
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