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Un camino humilde hacia la santidad. Página del Vicepostulador de la Causa de Fray Leopoldo
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Dª. María Aguilar Bullón era de estado viuda y de profesión ama de casa. Sus declaraciones en el Proceso nos cuentan cosas que ella vivió directamente, por ser testigo de ellas, y que esconden parte de ese mensaje de austeridad y penitencia que, desde siempre caracterizó la vida de Francisco Tomás, mucho más cuando se hizo religioso capuchino, una Orden que se caracteriza principalmente por su amor a la pobreza y por su vida de austeridad y mortificación en el seguimiento de Cristo. Ella trabajaba en casa de Dª. Patrocinio Márquez, que era familia de Fr. Leopoldo. Cuando Fr. Leopoldo vino al pueblo, iba a comer a casa de Dª. Patrocinio, aunque a dormir se iba a su casa. Según cuenta en sus declaraciones, Dª. María, Fr. Leopoldo estuvo allí comiendo unos siete días.
“Yo estuve trabajando -- dice María Aguilar -- en casa de Dª. Patrocinio Márquez, que era famiha de Francisco Tomás; era la abuela de la madre de D. Francisco Vázquez. Con ella estaba yo sirviendo en su casa, -- nos dice -- y cuando Fr. Leopoldo vino al pueblo comía allí, aunque dormía en la que había sido siempre su casa. Yo, lo único que puedo declarar, aparte de esa idea que tenemos todos de que Fr. Leopoldo era un santo, son los detalles del tiempo en que yo lo vi en esa casa que acabo de decir.
Estuvo unos seis o siete días en la casa. Comía en casa de Dª. Patrocinio: se tomaba un plato de sopa, pero el segundo plato ni lo miraba; tampoco tomaba postre. Aquí existía la costumbre de tomar café por la tarde: él no lo tomaba. En el desayuno sólo tomaba café con pan, sin leche; tampoco tomaba nada de productos del cerdo, como era costumbre tomar aquí. En la cena, tomaba lo que era costumbre: un plato de cocido, con un poco de tocino, pero sin carne. Recuerdo que me dio unas medallas. Toda la gente decia que era muy bueno.
Como ya he dicho, Fr. Leopoldo dormía en su casa. Un día, llevada de la curiosidad, le dije a una amiga mía, joven como yo -- cosas de la juventud --: ‘Vamos a ver dónde duerme el fraile’. Fuimos a su casa y vimos solamente un poco de paja en el suelo y una piedra que, por lo visto, le servía como almohada. Pero aquello no era cama ni nada parecido. Ahora recuerdo haber oído decir a un tío mio, Diego Carrasco, ya difunto, que él había presenciado un hecho que se cuenta de la vida del Fr. Leopoldo de Alpandeire: que su madre lo envió a comprar aceite con un real, y, yendo por el camino, no recuerdo bien si es que se encontró con un mendigo que pedía limosna o que iban pidiendo para las Ánimas, el hecho es que él echó el dinero que llevaba y mi tío Diego me contaba que él vio cómo al llegar a su casa se encontró en el bolsillo una canddad igual a la que había echado de limosna, que había echado todo lo que llevaba. Yo le pregunté a mi tío si él lo vio echar el dinero, y me dijo que sí, y que también había visto cuando apareció en el bolsilio. Me decía que él estaba completamente cierto.
Ese mismo tío mio me dijo que Fr. Leopoldo era muy bueno; pero no sólo cuando ya fue fraile capuchino, sino cuando era niño, porque jugaba con él y lo conocía muy bien. Iba con mucha frecuencia a la iglesia, y mi tío me decía que él también se iba con él, siguiendo su buen ejemplo.
He ido a Granada, y he visitado el Sepulcro de Fr. Leopoldo y comulgué en aquella iglesia. Soy muy propagandista de la devoción a Fr. Leopoldo. Quisiera no morirme antes de verlo declarado santo. Aquí en el pueblo se le tiene mucha devoción.
Se le veía que era un santo, por lo que yo pude ver cuando vino al pueblo, y por todo lo que la gente dice de él. Ya desde niño se le veía que era un niño muy bondadoso y muy trabajador, asistía diariamente a la misa y al rezo del santo rosario, en la parroquia; era muy bueno con todos y ayudaba también a los pobres y necesitados, siendo él mismo pobre.
Cuando Fr. Leopoldo de Alpandeire vino por segunda vez al pueblo, yo ya estaba casada y tenía dos hijos: él me dio muy buenos consejos, y me dijo que no me apurara, que la familia saldría adelante a pesar de ser pobres. Dicen que vino una tercera vez, pero entonces yo ya no lo vi.
Por último se me ocurre decir que todo lo que he leído de Fr. Leopoldo y lo que dice la gente es, a mi me parece verdad, y que no hay nada que se le pueda oponer.
Sí he oído contar que en cierta ocasión Fr. Leopoldo de Alpandeire, habiéndose atascado un carro que llevaban unos hombres, y al blasfemar éstos ante el hecho, él los pacificó y los invitó a rezar a la Virgen, y con un leve impulso suyo el carro salió del atasco. Aquellos hombres lo atribuyeron a intervención milagrosa.
Fr. Leopoldo falleció el 9 de febrero, creo que de 1956. No se nada sabre su última enfermedad. Quiza fuera a causa de su avanzada edad. Según me han contado que siempre se portó con una gran resignación incluso alegría especial ante la enfermedad y el sufrimiento. La fama de santidad y la gran afluencia de gentes a su Sepulcro no tiene nada provocado artificialmente por nadie; son sus mismos devotos sus mejores propagandistas entre sus conocidos”.
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